Beneficios de un albergue en el Camino de Santiago para el bienestar del peregrino
El primer día que crucé los Pirineos por el Camino Francés, llegué al albergue con las pantorrillas ardiendo y la mochila hecha un acordeón. Roncesvalles olía a ropa secándose y a sopa de ajo. No había lujo, mas sí un silencio cómplice entre extraños y un banco de madera donde apoyé los pies, todavía húmedos por la niebla. Esa noche, en una litera que crujía a cada giro, dormí ocho horas de un tirón. Desperté como si me hubiesen recargado las pilas. Desde entonces, cuando a